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El taller de Recopilación de juegos interculturales nació con un propósito doble: poner en valor la memoria y las experiencias de las mujeres de Elvillar, y favorecer el encuentro entre vecinas de procedencias diversas. A través del juego, la conversación y la recuperación de recuerdos de infancia, las participantes descubrieron los vínculos que existen entre culturas aparentemente lejanas y cómo, en realidad, muchas formas de jugar nos conectan más de lo que imaginamos.
Para facilitar la participación, se organizaron dos sesiones en las que 13 mujeres de diferentes procedencias (Euskadi, Rumanía, Ucrania y Chile) pudieron compartir juegos que recordaban de su niñez. Las dinámicas, inspiradas en el “World Café”, permitieron que cada mujer actuara como anfitriona, explicando un juego al resto, mientras otras lo documentaban para que cualquiera pudiera volver a jugarlo después. Esta forma de trabajo hizo posible que todas ejercieran diferentes roles, fortaleciendo su voz, su capacidad de relato y el reconocimiento de su conocimiento como un valor para la comunidad.

Como resultado, se registraron más de 15 juegos tradicionales. En algunos casos, como suele ocurrir con los saberes y tradiciones populares, se desconocía el origen del mismo. Algunos juegos tienen un componente más físico, otros ponen el foco en las habilidades (Los Alfileres, Las Tabas, El Polvorón), están los que permiten desarrollar la creatividad (Las Tumbas) y otros hacen de rituales de socialización (La Niña María). Además, entre la diversidad de juegos recopilados también estaban los que tienen un carácter competitivo (Mazorcas) frente a los que promueven que todas las personas participen y formen parte del grupo (La Niña María). Algunos de estos juegos tienen melodías propias, en los siguientes enlaces puedes escuchar las canciones grabadas por las participantes del taller
El Polvorón por Justa (España)
La Niña María por Verónica (Chile)
Am pierdut o batistuta por Stela (Rumanía)
El análisis posterior desde la perspectiva de género permitió abrir preguntas y miradas nuevas: ¿quiénes jugaban?, ¿en qué espacios?, ¿qué emociones aparecían?, ¿existían diferencias según el género o la edad?, ¿qué habilidades potenciaban? Este diálogo enriqueció la actividad y dio sentido al objetivo del proyecto, situando a las mujeres en el centro de la construcción de memoria colectiva.

Es por ello que hoy también te invitamos a reflexionar sobre el papel de los juegos como herramientas para la socialización de los niños y niñas, porque los juegos no solo entretienen: transmiten valores, formas de relacionarnos, roles y maneras de entender el mundo. A través del juego aprendemos qué está bien y qué no, quién puede ocupar el centro, qué cuerpos se valoran, qué emociones se permiten y cuáles se silencian.
Por eso es importante cuidar qué juegos heredamos y cuáles enseñamos: porque al elegirlos estamos reproduciendo o transformando la cultura que legamos a las generaciones que vienen. En realidad, jugar también es educar.
Uno de los aspectos más emocionantes que señalaron las participantes fue descubrir semejanzas entre juegos de distintos países: a veces cambiaba el nombre, la canción o el objeto utilizado, como en el caso de las mazorcas en Euskadi y las patatas en Rumanía, pero el funcionamiento era prácticamente idéntico. Otro ejemplo es La Zapatilla por detrás y Am pierdut o batistuta (Pañuelo perfumado, en Rumanía). Esta constatación no solo despertó recuerdos, sino que también generó emoción, cercanía y sensación de pertenencia a una historia compartida, más allá del lugar de origen.
El trabajo realizado durante los talleres tuvo una continuidad especialmente notable en la celebración del Día de Abuelos, Abuelas, Nietos y Nietas. Gracias a la diversidad de juegos recopilados y al protagonismo que tomaron las mujeres en la organización, la fiesta contó con una participación muy alta, con personas de distintas edades jugando juntas en un ambiente inclusivo, ordenado y alegre. Para muchas familias fue emocionante comprobar que juegos que se mantienen vivos hoy tienen raíces que conectan con la infancia de generaciones anteriores.

Durante la evaluación final, las mujeres expresaron lo importante que había sido para ellas revivir momentos felices de su infancia y compartir recuerdos con otras mujeres con las que, a veces, ni siquiera habían tenido ocasión de conversar. Hablaron de sentimientos de alegría, nostalgia, risa, acogimiento, e incluso sorpresa al descubrir cuánto tienen en común. Destacaron también la oportunidad de encontrarse con personas que habitualmente no participan en las mismas actividades, construyendo nuevas relaciones y reforzando el sentido de comunidad.
Además del valor emocional y cultural, la actividad aportó un beneficio social claro: fortaleció la convivencia, favoreció el conocimiento mutuo y reforzó la identidad colectiva del pueblo, desde una mirada plural que reconoce y celebra la diversidad. Para muchas de las participantes, el taller supuso un espacio para sentirse parte activa de la vida comunitaria, ganando presencia y voz dentro del municipio.



