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A veces, basta con sentarse a conversar para descubrir que llevamos una vida entera aprendiendo. Eso es lo que ocurrió durante los nueve meses del proyecto Tejiendo Lazos de Sabiduría: mujeres de Elvillar se encontraron para compartir aquello que saben, aquello que heredaron y aquello que han ido aprendiendo en silencio.

Muy lejos de un formato de “charla” tradicional, estos encuentros se desarrollaron desde la horizontalidad: cada mujer compartió lo que sabía, lo aprendido de sus madres, abuelas o vecinas, lo experimentado a lo largo de su vida y lo vivido en este territorio. Se trató, ante todo, de reconocerse mutuamente como portadoras de sabiduría, algo históricamente invisibilizado y que durante siglos permaneció en manos de las mujeres del mundo rural.
Lo que empezó como un espacio para hablar de plantas y cuidados, terminó convirtiéndose en un lugar donde escucharse y decirse “yo también”. Muchas mujeres coincidieron en que, más allá del conocimiento concreto, lo valioso fue sentirse parte de algo: “He visto que aquí todas enseñamos y aprendemos… ¿para qué queremos más?”.
En cada sesión aparecían recuerdos, olores, nombres de plantas, remedios antiguos y lugares del pueblo que guardan historias. Y también aparecieron emociones: nostalgia, calma, sorpresa, alivio. Una mujer dijo: “Es como una actitud en la vida, de abrazo, para mi este grupo es eso también”. Otra reconoció: “Después de vernos me he ido súper feliz a casa”.
Hablar de cuidados nos llevó a hablarnos a nosotras mismas. ¿Quién nos cuida? ¿De quién cuidamos? ¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda? Fue emocionante escuchar frases como: “Yo ofrezco mi ayuda, pero pedir para mí… ¡eso ya cuesta más!”, o “Tenemos que cambiar, no te puedes sentir egoísta por cuidarte”.

Entre todas, eligieron plantas, aprendieron sobre ellas, las cuidaron en casa, y cuando llegó el momento, las llevaron a distintos rincones del pueblo. Este fue uno de los momentos más significativos, el proceso conjunto de crear “rincones medicinales” en diferentes espacios del municipio: pequeñas zonas plantadas y cuidadas por las propias mujeres, con especies locales que forman parte de la tradición curativa del territorio. No son solo espacios verdes, son pedacitos de memoria colectiva, plantados por manos que saben y que siempre han sabido y que hoy cualquier vecina o vecino puede disfrutar. Entre todas se buscó un nombre para cada uno de los rincones creados, hasta el momento puedes visitar el Rincón medicinal de los Olivos (en el Parque de El Cerrao o parque de los Olivos), el Rincón medicinal de las Escuelas (área junto a la antigua ikastola) y el Rincón medicinal de la Dula (en el Corral de los Machos).
“Desde que pusimos las plantas, cuando salgo a pasear siempre voy a verlas”, dijo una de las participantes. Y otra añadió: “Era imposible no ir a visitar nuestras plantitas”.

También hubo momentos para compartir fotografías, dar paseos, tener conversaciones sobre lo que significa cuidarnos, recordar a quienes nos cuidaron y reconocer el derecho a sentir placer, bienestar y alegría. Al mirar juntas las fotos, alguien dijo: “Visto así, es precioso… luego se nos olvida que vivimos en un lugar así”. Y otra añadió: “Me parece importante crear redes, ayudarnos mutuamente”.
La experiencia continúa a través de las plantas que siguen creciendo en los jardines medicinales, en los paseos que ahora llevan a visitar estos rincones, en los cuidados que les dan los hombres y mujeres del Centro de día… y en la memoria compartida. Porque cuando las mujeres se reúnen, comparten saberes y recuperan su memoria, el pueblo entero crece con ellas.
Puedes conocer en más detalle las vivencias, conocimientos y encuentros compartidos a través de este documento donde se recoge todo el proceso.





